miércoles, 29 de julio de 2015

JOSE CANO LOPEZ “CANITO”


Si alguna vez me dieran a elegir sobre qué vida de futbolista  llevar al cine, elegiría sin lugar a dudas la de Canito y les aseguro que además saldría una película absolutamente acojonante de puro cine social ochentero. José (o más bien Jose, que así es como le llamaban todos) Cano López nació en Llevorsí (Lleida) en 1956, su padre falleció al poco de nacer y su madre, sin recursos, lo internó desde pequeño en un colegio en el que se crió junto a niños huérfanos y abandonados del que se largó a los 14 años para llevar una vida callejera en la Zona Franca, un barrio olvidado de la Barcelona preolímpica donde había pocas normas… y cuantas menos, mejor. Nuestro protagonista siempre se sintió incomodo con los límites. Los libros jamás le interesaron, pero cuando había un balón de por medio era imbatible. Quizás por eso y por su indomable espíritu rebelde se hizo tan popular en su escuela.

De la escuela se fue y del equipo de su colegio también. Pasó a jugar para la Penya Anguera y allí, con 16 años, ya parecía todo un señor. Un día llegó a las inmediaciones del campo con una señora muy guapa que bien podría ser su madre. Él decía que era su novia y ella lo vestía elegantemente, le compraba zapatos y le deba dos mil duros semanales. A cambio de sexo, claro.

El Barça fue el primer club profesional que se fijó en él pero tras una prueba fallida en la que destrozó un cristal del vestuario lo mandaron de vuelta por no entrar dentro de los estándares de comportamiento del club blaugrana. También le echaron del Penya Anguera por sacar de la caja sin permiso algunas pelas, así que volvió al equipo de su barrio, la Gimnastica Iberiana. Justo por aquella época el caballo se llevó por delante a dos de sus mejores colegas y Jose, que se veía el percal, se trasladó junto con su madre a Lloret y allí se enroló en el equipo local. Como ya había un Cano en el equipo a él le bautizaron como “Canito” y así se quedó para el resto de su carrera. Al mismo tiempo que jugaba al fútbol trabajaba como mecánico en los coches de choques de Sarriá y el destino quiso que fuera el Espanyol el primero que apostara en serio por aquel jugador que reunía todas las condiciones para convertirse en una leyenda del balompié. 

Primero lo cedió al Lleida, donde le partió la cara a un periodista, y en la temporada 76/77 lo recuperó para debutar en primera división con apenas 20 años. No se pudo escapar del Servicio Militar que lo llevó a Cádiz (y al Cádiz CF) durante un año para volver al Espanyol a la siguiente campaña donde realizó una espectacular temporada en la cual se convirtió en Capitán General de la zaga perica. Llegó el dinero y con él Canito estrenaba coche cada mes, novia cada semana y traje cada día. Llegó a apostar que vestiría ropa nueva cada día durante una temporada y esa apuesta no la perdió. La selección llamó a sus puertas y debutó en Roma ante Italia en lo que sería su único partido como internacional. El Barça sucumbió a la clase, elegancia, autoridad y poderío físico y técnico del jugador y emendó el error que había cometido años antes para incorporarlo a sus filas a cambio de cincuenta millones de pesetas de la época (cuarenta en cash + tres jugadores). 

En el club blaugrana Canito jugó de todo, principalmente de central, su posición natural, pero también de centrocampista, de interior e incluso de delantero centro lo que le valió más de un desencuentro con Helenio Herrera. Una tarde de abril de 1980, el Barça jugaba ante el Athletic y al mismo tiempo su Español vivía un partido a vida o muerte contra el Hércules para no descender. El único morbo de la tarde para el respetable del Camp Nou era ver si su rival bajaba a segunda o no. Canito estaba en el terreno de jugo cuando el marcador sonó y anunció el gol de los Pericos que los dejaba en primera y él ni corto ni perezoso alzó los brazos y celebró el gol de los Pericos como si estuviera en Alicante. La que se lió fue chica, no en vano el nunca había renunciado a su sentimiento blanquiazul e incluso llegó a presentarse a un entreno en La Masía con un chándal del Español. 

Un acto de indisciplina (fue expulsado en un partido y se coló en la caseta arbitral para meter la ropa de calle de los árbitros en una bañera) hizo que la directiva le suspendiera de empleo y sueldo y  Kubala lo apartara del equipo en noviembre de 1980. Canito se largó para entrenar con los infantiles del UE Sants que dirigía un colega suyo y ya nunca regresó al Camp Nou. Al año siguiente volvió al Espanyol, donde no mostró el nivel de antaño y continuaba con tradiciones tan poco recomendables como meterse un par de pelotazos antes de los partidos y doce meses más tarde recaló en el Real Betis Balompié. 

Con los verdiblancos seguía alimentando su fama de conflictivo y el stock pastillas para el corazón se agotaba cada vez que sacaba la pelota desde atrás con esa suficiencia y calidad. En una ocasión, Canito hizo un recorte, otro, otro... y Antolín Ortega le gritó: “¡Pero, Cano, que estás solo!”. El jugador más cercano en veinte metros a la redonda era su portero. Ortega era de sus mejores amigos de aquel vestuario “Un día te has de sentar encima del balón con el contrario atacando”, le vacilaba.

A pesar de que durante dos temporadas fue titular indiscutible, Canito no se ganaba el cariño del público y no entendía cómo era posible que la afición valorase más a Mantilla que a él, lo que le labró no pocos desencuentros que hicieron que no dejara un buen sabor de boca entre el respetable de Heliopolis. Los niños en cambio lo adoraban y él les correspondía dándole un billete de cien pesetas a todos los que le pedían un autógrafo. Al final, y a pesar de que algunos cánticos le pedían a Retamero su continuidad, el jugador forzó su marcha al Zaragoza. El Betis le dejó a deber quince millones de pesetas que no cobró hasta pasado un año, cuando fue a recoger el cheque el importe del mismo era de 14.300.000 y el cabreo que se cogió fue menúo, tanto que acabó rompiendo el cheque en mil pedazos y lanzándoselo a la cara al directivo que le había intentado mangonear esas 700.000 pesetas.

En Sevilla conoció a la que creyó el amor de su vida, se casó con ella pero la relación resultó demasiado tortuosa, el matrimonio fracasó y ahí empezó su verdadero descenso a los infiernos. Los coqueteos con la cocaína y la heroína y el abuso del alcohol empezaron a ser constantes y ni su paso por el Zaragoza primero ni por el Os Belenenses portugués después le ayudaron a levantarse de aquel mal de amores que le consumía. Volvió al Lloret, aquel equipo donde había comenzado, pero el fútbol ya se la sudaba y con 30 años decidió retirarse. Su alto tren de vida, sus excesos con la bebida y su capacidad derrochadora no habían sido buenas compañeras a la hora de ahorrar y lo que tenía lo invirtió en un par de negocios que fracasaron.  Las drogas pasaron a de ser algo puntual a un vicio diario y acabó volviendo al punto de inicio, durmiendo en un banco entre cartones y periódicos completamente arruinado. Los veteranos del Barça y el Espanyol intentaron ayudarle tanto económica como anímicamente para apartarlo del duro camino en el que había entrado pero no fue posible y el 25 de noviembre del 2000 a los 44 años  su espíritu indomable se apagó tras llevarse varios días postrados en una cama de la casa de su hermana en La Pobla de Montornés, dejando tras de sí una carrera inolvidable tanto por lo que pudo ser y no fue como por sus múltiples historias.

2 comentarios:

Alejandro75 dijo...

Una gran entrada, recuerdo que tuve su estampa en mi primer algum que hice (o lo intenté). Tenéis la historia de Gabino? Lo mismo no he vuelto a hacer los deberes y me regañáis. Buen verano, señores/as

Alfonsobis dijo...

Lo reconozco, tengo debilidad por las entradas de jugadores de los 90 y sobre todo de los 80, bravo!