Tengo que reconcerlo, de chico yo era
el típico niño que se compraba los pastelitos y los paquetes de papas
dependiendo del regalo que te tocara. Los Phoskitos, los Pantera Rosa, los
Círculos Rojos o los Cheetos me gustaban, por algunos (como por el Pantera
Rosa) sentía una adoración cuasimísitica pero a la hora de decantarme por uno
de ellos en uno de esos días en los que mi santa madre, hartita de que le diera
el coñazo mientras compraba en Baldomero (su supermecado de confianza), me decía
eso de “venga niñocoñazodeloscojones deja
de dar por culo y coge el pastelito que te de la gana para merendar” lo que
realmente me hacía decidirme por uno u otro no era si me apetecía más o menos
chocolate, sino el premio que con cada uno me llevaba.
En verano de 1990 Bollycao estaba en
la cresta del enrrolle. Sus anuncios eran sin duda los más hipnóticos y psicotrópicos
(valga éste que les
enlazo como ejemplo) e incluso había una campaña en su contra por los
supuestos altos niveles de colesterol de los que advertían malditas
asociaciones de matasanos que con sus consejos asustaban y alertaban a nuestras
madres sobre los peligros de la bollería industrial (y que a la postre fueron
los que prohibieron que jamás se volviera a regalar una manoloca con
unas patatas siendo directamente respondables de que la raza humana sea cada
década más débil) pero que en la época consiguieron con los niños más bien el
efecto contrario, hacernos sentir autenticos rebeldes por comernos un Bollycao
(yeah! Gasta’). Ese
verano Bollycao sacó una colección de cromos que, sinceramente, ya incluso en
la época me parecía un autentico mojón, pero aun así la coleccionaba con
devoción retando a mi colesterol en un duelo suicida de tú a tú donde la muerte
no suponía un problema para mi.




