Buenas y elegantes tardes.
Debajo de mi casa hay una tienda de
pintura cuyo dependiente tiene un peinado que verdaderamente da un poco de
grima. Que el nota (debe ser un viejoven que los treinta
ya no los cumple) está calvo es algo indudable. Él lo sabe, su madre se lo ha
dicho, su padre le regaló una maquinilla para raparse por su cumpleaños y el médico pasa de recetarle más pastillas y capsulas porque lo suyo
solo tiene una solución: el injerto. Pero oye, que el nota se resiste a
creérselo, así que mientras ahorra lo poco que gana como dependiente para algún
día “hacerse un Alfonso Pérez Muñoz” intenta disimular su pérdida de juventud de con un peinado un
tanto ridículo. Para que se hagan una idea, imaginen el peinado del pavo ese de
“Y
si no, desmiéntemelo” pero con cuatro pelos en la cima de la cabeza los
cuales se pone de punta gracias al efecto de una sobredosis de Patrico
para intentar dar un efecto visual a su cuero cabelludo que simplemente no
cuela. Cada vez que me lo cruzo no puedo parar de mirarlo, primero con disimulo
y ya sin miedo alguno, descaradamente.
El caso es que el chaval siempre me ha
recordado a Antonio López aquel interior izquierda que llegó al Sevilla de
Caparrós procedente del Valladolid tras jugar la friolera de once partidos la
temporada anterior con los pucelanos en la temporada que el Sevilla se suponía
que daría un salto de calidad. Antonio se había formado como futbolista en el
Leganés y de ahí pasó al Real Valladolid donde alternó tres temporadas
con una cesión al Numancia.












